Fallece Manuel Ruiz de Lopera, imagen del fútbol de otro tiempo: de jugar contra las «islas Feroces» a entrar en la fiesta de Halloween de los jugadores del Betis

Carlos del Barco REDACCIÓN

DEPORTES

El expresidente del Betis ha sido un personaje indefinible que le dio la impronta al club de Sevilla durante casi un cuarto de siglo, cosechando tanto defensores como detractores de sus decisiones y de su estilo único

24 mar 2024 . Actualizado a las 10:22 h.

El expresidente del Betis Manuel Ruiz de Lopera, fallecido en la noche de este sábado a los 79 años, ha sido un personaje indefinible que le dio la impronta de su personalidad al club de Heliópolis durante casi un cuarto de siglo de algunas luces deportivas, muchas sombras en la gestión y una omnipresencia para lo bueno y lo malo, presente o ausente, cerca o lejos, activo o pasivo, y siempre en el foco de seguidores y detractores.

Lopera es por derecho propio una de las caras de un fútbol de otro tiempo, marcado por presidencias «ostentóreas», en terminología creativa de Jesús Gil al fusionar ostentoso y estentóreo, y de la que formaron parte personajes como Damián Caneda, Joan Gaspart y, en clave más pintoresca, José María Ruiz Mateos y su mujer, María Teresa Rivero.

Fiel a un estilo rocoso y arriscado de empresario hecho a sí mismo desde muy abajo, Manuel Ruiz de Lopera ha estado pleiteando hasta el final por las que consideraba que eran sus acciones pese a que alcanzó en 2017 un acuerdo con asociaciones de accionistas para poner fin a un largo proceso judicial que él no dio, a pesar de ello, por terminado.

Este acuerdo hizo que este peculiar hombre de negocios del barrio sevillano del Fontanal abandonara el lugar preferencial que tuvo desde que en 1992 se hizo cargo del club bético hasta que en 2010 la jueza Mercedes Alaya embargó las acciones de su empresa Farusa, una de las muchas de las que blasonaba como Incecosa o Tegasa.

Cuenta un letrado que cuando le preguntó el porqué de Técnicas Ganaderas SA (TEGASA), le respondió que no era nada de ganadería, sino de «ganar dinero, niño, ganar duros». Esa impronta loperiana le ha acompañado hasta el final de sus días, cuando aún tenía partidarios que lo paraban por la calle pese a las certezas oscuras de su gestión que, lógicamente obviaban, por las luces deportivas que también hubo.

Con un sentido patrimonialista del Betis, le llegó a cambiar el nombre al Benito Villamarín por el suyo -inaugurado parcialmente el 1 de enero de 2000 con todas las fuerzas vivas de la autonomía y la ciudad presentes- porque «este acero, este hormigón, lleva mi sangre. Esta sangre se la doy al beticismo», según dijo antes de acuñar otro de sus hallazgos para la posteridad, ese de que el beticismo tenía «acolapsada La Palmera», la avenida en cuyo final juega el equipo verdiblanco.

Bajo la hojarasca del folklore y lo florido de su lenguaje único de disparates y hallazgos, el que hizo que existiera un diccionario «Español-Lopera, Lopera-Español», siempre hubo un empresario duro y con un peculiar sentido del dinero que marcó la gestión del Betis y un anecdotario interminable, cierto o apócrifo.

Dueño de un estilo de arrabal y de terceras vías como las impagables de «Llérida», «un tal Frigo» (entre helado y Luis Figo), la «Júver» ( de Turin) o «las islas Feroces», como le dijo a un directivo suyo tras un sorteo europeo, Lopera estaba entre las preferencias de muchos ajenos al fútbol como un poeta de tan elevado tono lírico como intelectual como Vicente Tortajada, quien mantenía, con muchos, que era del Betis, «pero mucho más de don Manuel».

Pero Manuel Ruiz de Lopera pasó de la gloria a los infiernos desde que, en una arenga desde el balcón del Villamarín tras el ascenso de 1992 afirmó aquello de «estábamos en la UVI» y que «yo os entrego un Betis libre, limpio, en Primera, de ustedes. Viva el Betis».

Desde ese momento, se hizo dueño absoluto del Betis y, de la mano de Lorenzo Serra Ferrer, fue tercero en la Liga, ganó una Copa del Rey, fue subcampeón de otra y, sobre todo, le dio la impronta a una época del club y generó, a partes iguales, a incondicionales y, andando el tiempo, un número creciente de detractores.

El paroxismo fue esa peña «Lo que diga don Manuel» y, en paralelo, el crecimiento de detractores ante las sombras deportivas y económicas que desprendía su gestión personalista y su perfil a medio camino entre el histrionismo y lo que trascendía de su peculiar manera de llevar las riendas del equipo y de decirlo con sentencias del corte de «me estoy muriendo por el Betis» o «me estáis exigiendo que me estáis cansando».

Con fama de duro negociador y de exasperar a sus interlocutores en interminables sesiones de resistencia, hizo gala también de un acentuado sentido teatral en anécdotas como la del hijo que quería ir con las cenizas de su padre muerto en un bote de «melocotón en dulce» y, como no podía ser, se buscó la salida del «envase de Puleva».

O el vodevil en el que se arrogó la salvación del Betis, o su pelea con el presidente del Sevilla Luis Cuervas antes de un derbi; o la famosa fiesta de Halloween de Benjamín Zarandona en la que el mandatario se presentó por sorpresa y, ante la mayúscula de los asistentes, alguno acabó, como el brasileño Denilson de Oliveira -«un jugador que para que nos lo quiten tienen que cerrar un banco»-, descolgándose por un balcón porque «si me ve, no me paga».

Mientras eso pasaba en los medios, las oficinas de Lopera eran de sobra conocidas por jugadores, entrenadores, representantes e intermediarios por su dureza y rico anecdotario; por el teatro en el que llegó a ofrecer un discurso de Navidad a los béticos, por su perro Hugo, por su amor al azulejo y el pan de oro y por su devoción inquebrantable al Señor del Gran Poder y la Virgen de Fátima de la que tenía «una copia auténtica».

La estrella del mandatario comenzó a declinar tras ganar la Copa del Rey en 2005, no hacer un equipo competitivo para la Liga de Campeones para la que se había clasificado ese año e ir dando tumbos hasta el descenso de 2009, lo que provocó que más de 60.000 béticos se manifestaran en Sevilla al grito de «Lopera vete ya».

El ciclo de Lopera había tocado a su fin, el estadio volvió a llamarse Benito Villamarín y empezaba el proceso judicial que ha llegado hasta treinta años más tarde de la escena del balcón, cuando dijo aquello de «un Betis libre, limpio, en Primera, de ustedes», la impronta de una época que se ha ido en esta madrugada de marzo.