Las largas noches de Navidad y el muy viejo invento de la literatura de terror

H. J. P. REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

De izquierda a derecha y de arriba abajo, retratos de Wenceslao F. Flórez (1885-1964), Daniel Defoe (1660-1731), Daphne du Maurier (1907-1989), H. P. Lovecraft (1890-1937), Muriel Spark (1918-2006) y Margaret Oliphant (1828-1897).
De izquierda a derecha y de arriba abajo, retratos de Wenceslao F. Flórez (1885-1964), Daniel Defoe (1660-1731), Daphne du Maurier (1907-1989), H. P. Lovecraft (1890-1937), Muriel Spark (1918-2006) y Margaret Oliphant (1828-1897).

Una antología clásica y otra inédita ponen de relieve la plena vigencia del género

05 ene 2024 . Actualizado a las 14:45 h.

Hay una creciente tendencia banalizadora de asociar la literatura de terror con la celebración de Halloween —¿por qué no a la Navidad?—, una festividad estadounidense cuya popularización en España llegó a través de ese cine que prioriza el sustito inesperado. Y hasta hay quien piensa que el terror es un género que poco menos que nació con el gran Stephen King (con títulos de éxito mundial como Carrie, El resplandor, It y Misery, igualmente potenciados por Hollywood). Lo cierto es que el terror cotiza al alza, especialmente en la esfera adolescente, de la mano de ese tipo de películas y series, cuya producción en el mercado oriental —Japón y Corea, a la cabeza—, por cierto, va en aumento. Es también una realidad que algunas de esas ficciones televisivas poseen una gran calidad —Netflix lo sabe bien—, como ocurre con La maldición de Hill House, La maldición de Bly Manor y La caída de la casa Usher, como también lo es —aunque el espectador a veces lo ignora— que en el origen se hallan, respectivamente, obras literarias de enormes autores: Shirley Jackson, Henry James y Edgar Allan Poe.

Por toda esta ruidosa y alienante tendencia digital —similar a la que ensalza la canción dejando en un segundo plano el álbum e incluso el autor—, parece relevante defender el terror, invento tan viejo como la humanidad, ya que está en el raíz oral de la narratividad: el cuento alrededor del fuego tribal con su finalidad educativa iniciática, que encerraba en su interior la amenaza, el miedo, la advertencia, para instruir a los más jóvenes del clan en la precisa tarea de la supervivencia, y sus muchos aprendizajes. ¿Qué conocimiento podía ser más crucial?

Pero con apelar a su antigüedad no basta. Ni siquiera a la fuerza del género literario, que apenas sirve para constreñir cuando su ámbito es prácticamente infinito al admitir incontables variables. De lo que se trata, al fin y al cabo, es de volver a gozar de su lectura y de realizar una necesaria reivindicación de la calidad de la hoy ya académicamente considerada como una trascendental aportación al edificio de la literatura universal, y no únicamente desde la fundamental tradición inglesa —anglosajona, en términos generales—.

Dos recopilaciones de relatos recientemente publicadas, al hilo del apetecible mercado navideño, ponen de manifiesto la vigencia del género, como también que se trata de un fenómeno lector que no es nuevo y se mantiene en el tiempo. Se trata de la Antología de cuentos de terror. De Daniel Defoe a Howard Phillips Lovecraft preparada por Rafael Llopis (Madrid, 1933-Pozuelo de Alarcón, 2022) ?para el sello Taurus en 1963 y que reedita ahora, 60 años después, Alianza Editorial. Una obra clave —la del psiquiatra, ensayista y traductor, recientemente fallecido— en la difusión del género en España, como lo fue su Historia natural de los cuentos de miedo (1974), y entre cuyos logros principales está —más allá de abordar pioneramente este campo con rigor y seriedad, cuando todavía era despreciado por la mayoría— la divulgación de la imprescindible figura de Lovecraft.

La segunda publicación es Solsticio siniestro. Cuentos para las noches más largas, una colección de inquietantes relatos navideños con la que Impedimenta traslada al castellano la edición realizada en el 2021 por Lucy Evans y Tanya Kirk para The British Library.

Ambas antologías se complementan a las mil maravillas, y dejan clara —eso sí— la hegemonía anglosajona en este territorio.

El miedo por la vía del elemento sobrenatural e inexplicable

Dice el estudioso Rafael Llopis que en la base del verdadero terror literario está lo ignoto, lo que se escapa al control humano y las leyes naturales. Lo que lo caracteriza, incide, «es la aparición de un elemento sobrenatural e inexplicable, totalmente irreductible al universo conocido» —«la irrupción de lo inadmisible», según definición de Roger Caillois—. Y lo que busca, anota, es «el horrorizado embeleso» del lector. Con este criterio hilvanó su mítica antología, un recorrido conformado por piezas de 24 escritores en el que solo cupo un gallego: Wenceslao Fernández Flórez, con El claro del bosque; nada para Ánxel Fole, Rafael Dieste o Emilia Pardo Bazán. En esa negra familia están clásicos del género como Machen, Lovecraft, Stoker, Poe, Polidori, Dickens, Algernon Blackwood, Le Fanu, Ambrose Bierce y M. R. James, e invitados excepcionales como Lope de Vega —que corrobora la vejez del invento— y Noel Clarasó. También en Solsticio siniestro, «una oda a lo extraño», señala el editor, pensada para deleitarse en el temblor de «las largas y oscuras noches invernales», hay nombres de siempre, como Hugh Walpole, Robert Aickman y Daphne du Maurier, autora de Rebecca, a menudo denostada, de la que convoca El manzano, excelente y sutil relato que gira sobre el deterioro de un matrimonio. Como curiosidad, El fantasma de la encrucijada (1893), único cuento de Frederick Manley del que se tiene constancia.